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martes, 1 de abril de 2008

¿HAY ALGUIEN AHÍ? – Tercera Parte


La búsqueda de otras civilizaciones inteligentes III
por Guillermo León
¿Dónde debemos escuchar?
Los físicos Giuseppe Cocconi y Philip Morrison escribieron en 1959 un artículo atrevido y pionero que fue publicado en Nature, en el que sugerían el uso de ondas de radio para detectar señales emitidas por civilizaciones extraterrestres.
Un año más tarde, Frank Drake, astrónomo del National Radio Astronomy Observatory (Green Bank, USA), iniciaba la búsqueda de señales utilizando un radiotelescopio sintonizado a 21 cm (la longitud de onda que corresponde a la emisión del hidrógeno) y apuntando a dos estrellas cercanas, ambas a unos 10 años-luz de la Tierra.
Era el inicio del denominado "Proyecto Ozma". Drake apuntó un radiotelescopio –de 25 metros de diámetro- hacia Tau Ceti y Epsilon Eridani. Una elección sumamente razonable, dado que ambas estrellas son muy parecidas al Sol. El proyecto no tuvo éxito, pero fue la base imprescindible para todas los intentos posteriores.
¿Por qué escuchar en la frecuencia de emisión del Hidrógeno?
Pues porque es la frecuencia del elemento más abundante en el universo. Hay millones de frecuencias posibles en todo el espectro radioeléctrico, pero se piensa que cualquier civilización inteligente lo suficientemente avanzada como para estudiar el universo, debería conocer la radioastronomía y por tanto hacer investigaciones radioastronómicas.
Si esto es así deberían conocer la frecuencia natural de emisión del hidrógeno neutro, que al ser el elemento más abundante del universo proporciona un canal óptimo para la emisión y recepción de señales.
La primera noche, Frank Drake detectó un pulso repetitivo, a razón de ocho veces por segundo, procedente de la estrella Épsilon Eridani. ¡La galaxia debía estar rebosante de vida inteligente!, pensó.
Pronto, su alegría se truncó: la señal procedía presuntamente de un avión militar que emitía en frecuencias no autorizadas. Nunca más ha vuelto a detectarse tal señal ni ninguna otra que cumpla los criterios que garantizan la existencia de vida inteligente.
Little Green Men, esos pequeños «hombrecillos verdes»
En 1967 Jocelyn Bell trabajaba en su tesis de doctorado en física. Tenía interés en estudiar el medio interplanetario y para ello había montado varias antenas dispersas en un terreno.
Las antenas captaban señales de radio producidas por partículas cargadas del medio interplanetario y el experimento estaba diseñado para estudiar las variaciones erráticas de la señal con el tiempo. El 6 de agosto Jocelyn, ya apurada por terminar su tesis, encontró una señal fuera de lo común.
Se trataba de pulsos que se repetían rápidamente. Parecía que la señal podría deberse a la interferencia de algún aparato en la Tierra pero al estudiarla durante varios días fue evidente que provenía de una posición específica del cielo. Las escalas de tiempo de los objetos celestes son de miles de millones de años, por lo que una señal que variara en poco más de un segundo era totalmente inesperada.
Además los pulsos se repetían con gran regularidad, llegando exactamente cada 1,337 segundos, ni antes ni después. En noviembre Bell sabia que había hecho un descubrimiento inesperado y una de las posibilidades era el contacto con alguna civilización extraterrestre.
Aunque hubo bastante actividad en cuanto a identificarla, el descubrimiento no fue dado a la opinión publica hasta dos meses después.
El artículo publicado en la revista Nature en febrero de 1968 menciona entre las posibilidades descartadas la de una civilización extraterrestre, de hecho denominaron estas señales con las iniciales LGM, Little Green Men «Pequeños hombrecillos verdes». Bell prefirió la interpretación de que este objeto celeste, el primer pulsar, era una estrella muy pequeña y muy densa, una estrella de neutrones, rotando muy rápidamente alrededor de sí misma.
La señal WOW!
El 15 de agosto de 1977 a las 23:16 horas, el radiotelescopio Big Ear recibió una señal de radio de origen desconocido durante aproximadamente 72 segundos proveniente de la zona oeste de la constelación Sagitario.
Esta señal alcanzó una intensidad treinta veces superior al típico ruido de fondo de los receptores de radio. La señal no se grabó pero fue registrada por el ordenador del observatorio en un trozo de papel continuo diseñado para tal efecto.
La anotación Wow! junto a los datos detectados por el radiotelescopio
Unos días después, un joven profesor de la universidad del estado de Ohio llamado Jerry Ehman que estaba trabajando como voluntario en el proyecto SETI, revisando los registros del ordenador, descubrió atónito la señal anómala mas intensa jamás detectada por un radiotelescopio.
Estaba revisando los registros de la computadora que habían comenzado el 15 de agosto. Me quedé atónito al ver la serie de números y letras 6EQUJ5 en el segundo canal del registro.
Con el bolígrafo rojo que estaba usando, rodee esos seis caracteres y escribí la notación "Wow!" en el margen izquierdo del registro. después de terminar de revisar el resto contacté con Bob Dixon y con el doctor John D. Kraus, director del radiobservatorio Big Ear. Ellos también se quedaron atónitos.
La obsoleta computadora del radiobservatorio, una IBM 1130 equipada con 1 Megabyte de disco duro y 32 Kilobytes de memoria RAM, se encargaba de convertir los datos recibidos directamente por el radiotelescopio a una serie de caracteres alfanuméricos.
El software, diseñado por Bob Dixon y Jerry Ehman era bastante sofisticado ya que hacía continuos chequeos del funcionamiento del equipo y era capaz de ejecutar varios algoritmos de búsqueda simultáneamente, incluidos unos algoritmos de búsqueda capaces de aislar señales pulsantes o continuas.
Exactamente eso fue lo que ocurrió cuando la computadora del observatorio imprimió aquellos caracteres 6EQUJ5, representaban distintos niveles de señal, hasta treinta veces el nivel normal.
Nunca se pudo identificar cual pudo ser el origen de dicha señal, probablemente fuese algún tipo de interferencia terrestre que se “coló” por los receptores del observatorio, pero quien sabe...