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jueves, 22 de junio de 2017

BOLIVIA: EL ALTIPLANO ES EL LUGAR MÁS ENDÉMICO DE FASCIOLOSIS

10 de mayo de 2017 – Fuente: Planeta Futuro (España)
El viaje que recorre la fasciola hasta parasitar al ser humano suena casi inverosímil. Difícilmente lo lograría sin pobreza, su aliada, la que crea las condiciones necesarias para que una persona beba agua insalubre o coma crudas las plantas acuáticas donde aguarda escondida. Esta es la historia de cómo este gusano logró meterse en el cuerpo (y cómo salió) de Diego , un adolescente del altiplano boliviano. Allí está la zona más endémica del mundo de fasciolosis, la principal enfermedad de la familia de las trematodosis alimentarias, consideradas olvidadas por la falta de interés de farmacéuticas e instituciones, a pesar de afectar a 56 millones de personas en el mundo. Seguramente, todo empezó en las heces de un compañero de escuela, o de alguna de las muchas vacas y ovejas que pastan en los parajes verdes y amarillentos de Huacullani, una población aymara de 2.300 habitantes del municipio de Tiahuanaco. Allí, bajo la cordillera nevada de los Andes y a los pies del lago Titicaca, la gran mayoría de estos animales tiene sus conductos biliares infestados de fasciolas. Lo ratifica cualquier adulto o niño que haya presenciado una matanza: cuentan que los gusanos salen a docenas del hígado del animal cuando se disecciona. Para saber si los humanos portan el parásito no hace falta matarlos y seccionarlos. Mediante unas muestras de heces –que también son aplicables a animales–, sedetectan los huevos de la fasciola; su cantidad indica la cantidad aproximada de gusanos que puede haber dentro del cuerpo. En la década de 1980, el Dr. René Anglés Riveros, el especialista más reconocido en la enfermedad de Bolivia, comenzó a estudiar su prevalencia. En Huacullani, cuatro de cada diez personas estaban parasitadas. Él lo llama “el pueblo antena”, puesto que estadísticamente es un indicador fiable de cómo se comporta la fasciola en el resto de la región. Hoy esta cifra ha bajado a 2% de afectados, según las encuestas que realizan periódicamente. El secreto es la desparasitación sistemática que se viene realizando desde 2008. Pero esa es la parte de la historia de cómo las fasciolas fueron eliminadas del cuerpo de Diego. Todavía hay que conocer cómo llegaron.
Las heces de una persona infectada están llenas de huevos: desde unos cientos, hasta miles por gramo. Cuando eclosionan van a parar a unos pequeños caracoles acuáticos que le sirven de hospedador intermedio para seguir desarrollándose. Está claro cómo llegan a ellos desde el ganado, que defeca al aire libre, pero ¿y a los humanos? ¿por qué también son sospechosas las deposiciones de sus compañeros de colegio? Porque hacen sus necesidades exactamente en el mismo lugar que los animales. No hay que buscar en lugares muy escondidos para toparse con un niño en plena tarea. Seguramente los adultos son más pudorosos, pero el efecto es el mismo, ya que no hay baños en los hogares de Hacullani. “Quizás tengan alguna letrina”, matiza María Julia Rodríguez, médica de la población. “Pero la gran mayoría sigue defecando al aire libre”, concluye. La mayoría de la población no cuenta con agua corriente en casa, en ningún caso potable. Las viviendas, normalmente de adobe o de ladrillo sin revestir, sí suelen contar con electricidad y en ellas se realizan normalmente los partos por el peligroso método tradicional si no está supervisado por un profesional de la salud. Es parte de la cultura aymara: en el pueblo los mayores no hablan castellano, a lo sumo lo entienden, y tienen arraigadas una suerte de costumbres y tradiciones que, en ocasiones, complican la tarea de los profesionales sanitarios. “Normalmente no admiten que les saquen sangre”, lamenta Rodríguez. Recientemente han construido lo que llaman un baño bimodal en el colegio, para que sirva en el día a los escolares y en la tarde al resto del pueblo, pero la propia doctora ve complicado cambiar los hábitos: “No creo que muchos vengan acá a usarlo; están acostumbrados a otra cosa”. Así, de las heces al aire libre, las larvas van a los caracoles, siguen su desarrollo y son liberadas al agua. La necesitan dulce, así que la enorme extensión del Titicaca, que es salobre, no les sirve para sus propósitos. Pero en la zona norte del altiplano no les faltan riachuelos y canales en los que nadar hasta que encuentran plantas acuáticas como berros o totoras (una especie de junco) a las que, invisibles al ojo humano, se pegarán como una lapa hasta que algún mamífero las ingiera. “Solo hay dos formas de que el parásito llegue al cuerpo: bebiendo agua contaminada o comiendo las plantas acuáticas sin cocinar”, recalca una y otra vez Angles, que contempla con cierta desesperación cómo el mensaje no acaba de calar. No solo entre niños: profesores e incluso personal sanitario de la zona muestra confusión a la hora de determinar el modo de infección. Algunos piensan que puede suceder comiendo lechuga, otros cordero o vaca parasitados. Diego podría haber evitado infectarse si no hubiera comido plantas acuáticas. Pero esto es más fácil de decir que de hacer. Entre los niños y jóvenes es frecuente tomarlas directamente del campo a la hora de la merienda. “Sabemos que está ahí, pero cuando tienes hambre no piensas en eso”, justifica el joven de 17 años. Todos en su clase de sexto de secundaria admiten ser consumidores habituales de estos vegetales. El Dr. Carlos Aguirre, de la Universidad de La Paz asegura que el sustrato de la enfermedad es la pobreza, que trae consigo “falta de agua potable y de información”. “El parásito continuará si no mejoran las condiciones de vida y se educa adecuadamente a la población”, asegura. Uno de los grandes misterios de la fasciola es saber cómo llega a su destino. “Debe de tener una especie de brújula que le hace encontrarlo una vez en el intestino”, relata Angles. Lo atraviesan, y van directos al hígado, que también traspasan para asentarse en las vías biliares, donde puede vivir hasta 13 años si ningún fármaco termina con ellos. En la mayoría de las ocasiones, parásito y huésped viven en aparente armonía, ya que no suele dar síntomas. La enfermedad, como el resto de la familia de las trematodosis alimentarias, no suele ser mortal –causan unos 7.000 fallecimientos al año–, pero presentan una alta morbilidad. La Organización Mundial de la Salud (OMS) calcula que cada año se pierden en el mundo dos millones de años de vida ajustados en función de la discapacidad, un indicador sobre el impacto de las enfermedades. Si la cantidad de fasciolas jóvenes que han atravesado el hígado es exageradamente grande, puede dar lugar a cirrosis, ya que lo dañan en su traslado a las vías biliares. Y dentro de ellas van alimentándose de sus paredes y transformándolas en cicatrices que merman su función. Además, están asociadas a anemias y problemas de defensas, de forma que quienes las portan suelen caer enfermos con frecuencia y tener problemas de aprendizaje; este es uno de los motivos, junto a su alta prevalencia en los más jóvenes, de por qué las campañas hacen especial incidencia en niños y adolescentes. Si el número de fasciolas en el organismo es muy alto, pueden provocar la muerte. Esto es raro en humanos, pero no tan infrecuente en animales, que van perdiendo peso al mismo ritmo que su barriga se va hinchando hasta caer muertos. Angles ha llegado a contar más de 500 gusanos en una oveja muerta por fasciolosis. Para acabar con ella, pues, habría que eliminarla de humanos y animales, para que no defecasen huevos y no comenzase así el viaje de la fasciola. Santiago Mas-Coma, presidente de la Federación Internacional de Medicina Tropical y seguramente el mayor experto en fasciolosis del mundo, explica que la distribución geográfica mundial de esta enfermedad precisaría de sumas astronómicas para poder luchar contra ella de manera multidisciplinar: en el ámbito humano, de ganado, acciones de control de los caracoles vectores… “La fasciolosis se incluye dentro de las enfermedades desatendidas más complejas epidemiológicamente; no se vislumbra posibilidad de eliminación. Se tiene que avanzar simultáneamente en diferentes frentes, tanto en investigación multidisciplinar, incluyendo búsqueda de nuevos marcadores para el diagnóstico y de nuevos medicamentos para el tratamiento en humanos (todo indica que estamos muy lejos de conseguir una vacuna) y de continuar con las medidas de control en las zonas de endemia humana coordinadas por la OMS, para paulatinamente ir decreciendo la morbilidad, sobre todo en niños, expandiendo su aplicación hasta cubrir todos los países necesitados”, asegura. El objetivo, pues, es controlarla. En 2008, un proyecto piloto que trató de determinar si el fármaco que se usaba para los animales era seguro para las personas, que hasta el momento no contaban con ninguna presentación específica. Los resultados fueron un éxito. Casi no había efectos secundarios y a los 10 días el gusano estaba eliminado. Novartis, la farmacéutica que comercializa el triclabendazol, regala cada año más de 200.000 dosis para tratar a la población endémica en Bolivia. Como las pruebas a toda la población vulnerable supondrían un coste inasumible y el medicamento prácticamente no presenta efectos secundarios, se realiza una desparasitación masiva a toda la población cada año. Según los datos del Servicio Departamental de Salud de La Paz, en 2016 llegaron a 86% de la población del Altiplano en riesgo entre cinco y 60 años: 203.602 personas. También se ha comprobado que en los años que no se ha dispensado el fármaco (hay problemas burocráticos que lo han propiciado en dos ocasiones desde 2008), la fasciolosis ha subido desde aproximadamente 2% hasta más de 11%. Y así es como el gusano fue eliminado del cuerpo de Diego. Pero si sigue comiendo plantas acuáticas y agua sin tratar, es muy probable que vuelva a contraerla. Puede, incluso, que mientras respondía las preguntas para este reportaje la fasciola estuviera de nuevo en sus vías biliares sin que él se diera cuenta. Poniendo huevos, que en sus heces volverían a continuar este viaje, aparentemente inverosímil, pero que solo en humanos sucede unas 200.000 veces cada año.

AHORA, LA RECETA INICIAL DE ANTIBIÓTICOS NO CONSIGUE CURAR 1 DE CADA 4 CASOS DE NEUMONÍA EN ADULTOS


Los pacientes normalmente reciben ayuda por otros medios, pero los niveles de resistencia a estos medicamentos son preocupantes, según los investigadores

Robert Preidt
Traducido del inglés: lunes, 22 de mayo, 2017

DOMINGO, 21 de mayo de 2017 (HealthDay News) -- La primera receta de un antibiótico que el adulto estadounidense promedio con neumonía recibe no resulta efectiva hoy en día en alrededor de una cuarta parte de los casos, según un estudio reciente.
En estos casos, se necesitaron más antibióticos o unos distintos, o el estado del paciente empeoró y necesitó la admisión en una sala de emergencias o la hospitalización en el plazo de un mes de haber tomado los antibióticos, afirmó el equipo de investigación.
Los resultados son "preocupantes" porque "la neumonía es la causa principal de muerte por enfermedades infecciosas en Estados Unidos", dijo el investigador principal, el Dr. James McKinnell, especialista en enfermedades infecciosas en LA BioMed, una fundación de investigación con sede en California.
En un comunicado de prensa de la Sociedad Torácica Americana (American Thoracic Society), añadió que "la terapia con antibióticos adicional observada en el estudio aumenta el riesgo de resistencia a los antibióticos y de complicaciones, como puede ser una infección con la C. difficile, que es difícil de tratar y podría suponer una amenaza para la vida, especialmente en las personas mayores".
Los expertos en enfermedades infecciosas han hecho sonar la alarma durante años sobre el problema creciente de resistencia a los antibióticos, los gérmenes que mutan con respecto a estos medicamentos que salvan vidas.
Un experto que revisó los nuevos hallazgos dijo que subrayan la amenaza.
El hecho de que a una cuarta parte de los pacientes con neumonía no les funcionara la terapia inicial con antibióticos "podría estar relacionado con la resistencia bacteriana en la comunidad", dijo el Dr. Bushra Mina, que dirige la UCI médica del Hospital Lenox Hill, en la ciudad de Nueva York. E indicó que con la neumonía, "un cierto porcentaje" de casos son provocados por los virus, para los cuales no funcionan los antibióticos.
En el nuevo estudio, el equipo de McKinnell examinó los datos de casi 252,000 adultos a los que recetaron antibióticos para tratar la neumonía contraída fuera del hospital ("adquirida en la comunidad"). Los pacientes fueron atendidos en el consultorio de un médico o en otro centro ambulatorio.
Un poco más del 22 por ciento de los pacientes no respondieron a su tratamiento inicial con una receta de antibióticos, según el estudio.
"Nuestros hallazgos sugieren que las directrices del tratamiento de la neumonía adquirida en la comunidad deberían actualizarse", dijo McKinnell. Cualquier actualización debería incluir los datos sobre los factores de riesgo que dejan a los pacientes en un estado vulnerable a que los antibióticos no funcionen, añadió.
Según sus nuevos hallazgos, un factor de riesgo clave es la edad.
"Los pacientes mayores de 65 años tenían casi el doble de probabilidades de ser hospitalizados que los pacientes más jóvenes", tras tener en cuenta otros factores de riesgo, comentó McKinnell. Debido a esto, "los pacientes mayores son más vulnerables y deberían ser tratados con mayor cuidado, posiblemente con una terapia de antibióticos más agresiva".
Pero otros dos expertos en las infecciones pulmonares dijeron que el estudio tenía sus puntos débiles.
El Dr. Howard Selinger, catedrático de medicina familiar de la Facultad de Medicina de la Universidad de Quinnipiac en Hamden, Connecticut, dijo que en el estudio no estaba claro cómo se realizaron los diagnósticos de neumonía; en muchos casos, lo que los médicos pensaban que era una enfermedad que respondería a los antibióticos podría haber sido una bronquitis viral u otra enfermedad para la cual los antibióticos no funcionan.
Por esta razón, dijo Selinger, "dudo mucho que haya una resistencia del 25 por ciento a múltiples clases distintas de antibióticos". En vez de eso, muchos de los casos del estudio podrían haber sido virales en primer lugar, dijo Selinger.
El Dr. Alan Mensch, pulmonólogo en el Hospital Plainview de Northwell Health en Plainview, Nueva York, se mostró de acuerdo. Dijo que un número demasiado bajo de pacientes del estudio realizaron un cultivo de esputo (flema), la prueba "de excelencia" necesaria para confirmar una infección bacteriana, no viral.
Pero dijo que sigue habiendo mucho que aprender de los hallazgos. "Claramente, las directrices actuales para la neumonía adquirida en la comunidad publicadas en 2007 por la Sociedad Torácica Americana y la Sociedad Americana de Enfermedades Infecciosas (Infectious Disease Society of America) necesitan una actualización", dijo Mensch.
Cualquier actualización debería incluir protocolos para identificar mejor la causa de la neumonía, y quizá una admisión en el hospital más rápida para los pacientes de edad avanzada que no hayan respondido al tratamiento farmacológico, planteó.
El estudio fue presentado el domingo en la reunión anual de la Sociedad Torácica Americana, en Washington, D.C. Los hallazgos presentados en reuniones médicas deberían considerarse preliminares hasta que se publiquen en una revista revisada por profesionales.

Artículo por HealthDay, traducido por HolaDoctor
FUENTES: Bushra Mina, M.D., director, Medical ICU, Lenox Hill Hospital, New York City; Howard Selinger, M.D., chair, family medicine, Frank H. Netter, M.D. School of Medicine at Quinnipiac University, Hamden, Conn; Alan Mensch, M.D., pulmonologist and senior vice president, medical affairs, Northwell Health's Plainview and Syosset Hospitals, N.Y.; American Thoracic Society, news release, May 21, 2017
HealthDay
(c) Derechos de autor 2017, HealthDay

viernes, 12 de mayo de 2017

VACÚNATE CONTRA LOS ANTIVACUNAS

13 de abril de 2017 – Fuente: Muy Interesante (España)
Imagínate que estamos en el año 2066. La prensa del día destaca en portada que la esperanza de vida ha alcanzado un nuevo mínimo en España: 56 años. Mientras, una epidemia de sarampión infantil descontrolada pone en jaque a los servicios de salud. En la sección de sociedad se anuncia la apertura de cinco nuevos hospitales pediátricos para dar cobertura a los casos de poliomielitis, difteria, tétanos y rubéola, que no paran de multiplicarse. Una campaña de la Organización Nacional de Ciegos Españoles (ONCE) se ocupa de recordar a los lectores que hay más sordos que nunca, como secuela de los numerosos casos de meningitis. Y reivindica más accesibilidad para los miles de nuevos minusválidos que ha provocado la poliomielitis. Entretanto, en el panorama internacional los diarios miran a Japón, donde la epidemia de tos convulsa hace estragos.
No se trata de una distopía futurista improbable. En 2015, el caso de un niño gerundense de seis años que murió víctima de la difteria veintiocho años después de que se erradicara este mal en España sacó a la palestra los peligros reales de dar credibilidad a los movimientos antivacunas. Y es que los padres del crío habían decidido no vacunarlo con la triple bacteriana (difteria, tétanos y tos convulsa) por temor a sus supuestos efectos adversos. Ese mismo año, los visitantes del parque de atracciones de Disneyland, en California (Estados Unidos), se enfrentaban a un brote de sarampión infantil por causas similares. Si la tendencia a saltarse los protocolos de vacunación sigue, podrían reaparecer otras muchas enfermedades. Con más fuerza incluso. Lo cierto es que los argumentos que esgrimen los detractores de la inmunización no se sostienen ante las últimas cifras aportadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Cada año, las vacunas evitan el fallecimiento de cerca de tres millones de personas; es decir, el equivalente a la población de Roma. Por primera vez en la historia documentada, la inmunización ha logrado que el número de niños que mueren cada año caiga por debajo de los diez millones. A todo ello se suma que, según Patrick Zuber, responsable del grupo de seguridad de vacunas de la OMS, con los recursos disponibles “sería técnicamente posible prevenir cuatro millones de muertes más cada año por influenza, neumococos, rotavirus, rabia, cólera, tifus, meningitis epidémica y encefalitis japonesa”. Y hay más datos irrebatibles, como que la mortalidad mundial por sarampión se ha reducido en 74%. O que desde 1988 la incidencia de poliomielitis ha disminuido en 99%, pasando de más de 350.000 casos a 1.410 casos en 2010. Si las bondades de las vacunas son tan evidentes, ¿por qué dejan de usarse de forma masiva? ¿Cómo es posible que, mientras las autoridades sanitarias internacionales dedican el decenio 2011-2020 a hacer realidad la inmunización universal, se dé la paradoja de que en los países desarrollados muchos padres renuncian a la inmunización de sus hijos de forma voluntaria? En gran medida, porque las vacunas están siendo víctimas de su propio éxito, tal y como explicaban hace poco expertos españoles del Observatorio para el Estudio de las Vacunas: “A medida que las vacunas van logrando su objetivo de acabar con alguna temida enfermedad, y antes de poder celebrarlo, se abre el camino hacia el olvido de esa enfermedad”. Y a partir de ese momento se magnifica cualquier efecto adverso que surja de la vacunación. Efectos, por otro lado, inevitables, porque ni las vacunas ni ningún otro tratamiento terapéutico o preventivo pueden ser inocuos al 100%. Por supuesto que resulta fácil caer en el error de pensar que, como las dolencias prevenibles mediante vacunación están casi erradicadas en España, ya no hay motivos para inmunizarnos. Pero es rotundamente falso. Aunque no se produzca ningún caso en décadas, los agentes infecciosos que las desencadenan continúan circulando –y mutando y evolucionando– en algunas partes del mundo. “Si decidiésemos apagar todos los radiadores porque la calefacción ya ha funcionado y estamos calentitos, el frío volvería tarde o temprano”, propone como símil José María Bayas Rodríguez, especializado en medicina preventiva y salud pública en el Hospital Clínic i Provincial de Barcelona. “Lo mismo exactamente sucedería si dejásemos de usar vacunas: regresarían las enfermedades que han remitido”, matiza Bayas. Según el experto, no hay que perder de vista que “aunque nos olvidemos de las enfermedades, ellas no se olvidan de nosotros”. Lo que sí hay que reconocer es que, normalmente, las consecuencias de que un puñado de personas decida no vacunarse no son graves gracias a que existe la inmunidad colectiva: si la grandísima mayoría de la población está vacunada, los microbios lo tienen muy difícil para propagarse. Dicho de otro modo, cuando 99% de la población se vacuna, el 1% restante está bastante protegido aun sin inmunización. El verdadero peligro surge cuando el porcentaje de no vacunados aumenta por la moda de los antivacunas. Es entonces cuando los virus y las bacterias a los que habíamos perdido definitivamente de vista pueden volver a cruzar nuestras fronteras, propagarse y alcanzar a las personas desprotegidas, con consecuencias fatales.
Nos vacunamos para asegurar el bien común
De ahí que la OMS insista en que no solo nos vacunamos para protegernos a nosotros mismos: también para proteger a quienes nos rodean. “Los programas eficaces de vacunación, al igual que las sociedades eficaces, dependen de la cooperación de cada persona para asegurar el bien común”, apuntan desde la organización. Si en un colectivo muchos sujetos se decantan por no vacunarse –o no vacunar a sus hijos–, la inmunización del grupo desciende y es más fácil que surjan epidemias. Como pasó en California con el sarampión. Por si fuera poco, una investigación alemana advertía de que cada vez son más los casos de panencefalitis esclerosante subaguda (PEES), una enfermedad neurológica mortal que aparece en adultos que de niños pasaron el sarampión, y que podría cobrar fuerza. Ante esta realidad, el Gobierno australiano decidió quitar beneficios sociales a las familias que opten por la no vacunación. Y en algunos estados de Norteamérica no se permite escolarizar a los niños si no están inmunizados para evitar brotes infecciosos en los colegios. Según un estudio aparecido en la revista Policy Insights from the Behavioral and Brain Sciences, las personas que no se vacunan se pueden clasificar en cuatro perfiles:
1. Porque se confían. Se trata de gente que no está preocupada por su inmunización ni participan en debates; simplemente descuidan este aspecto de su salud.
2. Por comodidad. Aquí entran los individuos que dejan de vacunarse por pereza, porque les pesan más los inconvenientes de tener que pedir cita, adquirir las vacunas y desplazarse a la consulta.
3. Por recelo. Hablamos de gente desinformada con una visión distorsionada del riesgo de las vacunas, que explícitamente desconfía de la inmunización.
4. Por cálculo. Sujetos que sopesan los pros y contras de las vacunas, y suelen descartarlas cuando encuentran información contradictoria.
En general, lo que salta a la vista es que el origen del rechazo a las vacunas casi siempre parte de la desinformación. O, para ser más exactos, de una mala información.
En todo caso, de catapultar el miedo a las vacunas se encargó en 1998 el médico británico Andrew Wakefield. Aquel año, publicó en la prestigiosa revista The Lancet un estudio que aseguraba que la vacuna triple viral, que inmuniza contra el sarampión, la parotiditis y la rubéola, causaba autismo. Investigaciones posteriores demostraron que se trataba de un fraude, y que Wakefield había mentido intencionadamente. Al parecer, el investigador había difundido aquella falsa idea porque pretendía enriquecerse comercializando vacunas alternativas. La revista retiró el artículo, pero el daño ya estaba hecho. Destaparle y quitarle la licencia para ejercer la medicina no impidió que el supuesto informe impulsase el movimiento antivacunación en todo el mundo. Pese a que Wakefield ha sido claramente desacreditado, sus ideas se han mantenido vigentes, y el riesgo de autismo sigue siendo uno de los argumentos a los que más recurren los movimientos antivacunas. La mala información se ha difundido como la pólvora.
A los científicos les encanta encontrar fundamento a los comportamientos humanos, y el crédito que damos a la mala información no ha sido una excepción: también tiene una explicación científica. Según advertía el investigador italiano Walter Quattrociocchi hace poco, lo que hace que se disemine información falaz es el sesgo de confirmación. Es decir, la tendencia a prestar atención solamente a aquello que confirma las ideas, el sistema de creencias e incluso prejuicios que ya teníamos. Por supuesto, dejando de lado la información que los cuestiona o los contradice. Quattrociocchi también ha encontrado respuesta en la proliferación de las cámaras de eco; es decir, comunidades polarizadas que consumen el mismo tipo de información. Y que son cada vez más frecuentes gracias a las redes sociales. Dentro de ellas, asegura, se produce una homogeneización: las informaciones o creencias se repiten constantemente y se impide que entren visiones alternativas. Como consecuencia, es fácil que los integrantes del grupo acepten como válidas informaciones objetivamente falsas o poco infundadas. Ya sea el peligro de las vacunas, el escepticismo climático, una idea pseudocientífica o una teoría conspirativa. Además, el estudio demostró que en internet y en las redes sociales las noticias científicas se expanden de forma rápida, pero su interés decae en poco tiempo. En cambio, las noticias conspirativas son de lenta asimilación, pero gradualmente generan discusión, lo que permite que ganen atención y persistan. Otro punto a su favor. “En ninguna época de la historia hemos sabido tanto sobre medicina y, sin embargo, hoy proliferan las dietas milagrosas, se extiende de un modo imparable la homeopatía y hay quien considera muy esnob oponerse a la vacunación; todo ello sin base científica alguna”, reflexiona Bayas. “Pero lo cierto es que no se puede decir ‘no creo en las vacunas’, igual que no se puede afirmar ‘no creo en la redondez de la Tierra’, porque no son cuestiones de fe, sino de ciencia”, añade. Según una investigación reciente de la Universidad de California (Estados Unidos), para sacar de su error a los padres que secundan el movimiento antivacunas no hay que afanarse en demostrar que las inyecciones no causan ni autismo ni daños cerebrales. Es mejor poner todo el empeño en que conozcan los enormes riesgos que entraña dejar de vacunar a un niño: los estragos de la poliomielitis, la difteria y el sarampión, las muertes y las minusvalías que causan, sus posibles secuelas, etcétera. “Se han centrado en el riesgo de decir sí al pinchazo, pero han olvidado el riesgo de decir no”, defendían los investigadores, convencidos de que todavía estamos a tiempo de recordárselo.

TUBERCULOSIS EN EL MUNDO: UNA MEJORÍA DEMASIADO LENTA

Los países de ingresos bajos y medios soportan 90% de la carga de la enfermedad en el mundo. Seis países (India, Indonesia, China, Nigeria, Pakistán y Sudáfrica) acumulan 60% de los nuevos casos que se detectan, según el último informe global sobre tuberculosis de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Este trabajo calcula que entre 2000 y 2015 el tratamiento ha evitado 49 millones de muertes en todo el mundo. La incidencia global de tuberculosis cayó solo 1,5% entre 2014 y 2014, alerta la OMS, lo que quiere decir que no se alcanzará el objetivo de reducción y eliminación de la estrategia End TB a menos que el porcentaje suba a 4 o 5% anual antes de 2020. El ritmo tan lento de descenso se considera un fracaso en términos de salud pública, tal como asegura Stop TB Partnership en su Plan Global Hacia el Fin de la TB 2016-2020. La enfermedad causó la muerte de 1,4 millones de personas en 2015. Se notificaron 6,1 millones de nuevos casos de tuberculosis, aunque en realidad fueron más de 10 millones. La tasa de mortalidad ha descendido casi 50% en los últimos 25 años, en gran parte gracias a las inversiones del Fondo Mundial de Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria.

Stephen Hawking asegura que "los seres humanos tendremos que abandonar la Tierra en 100 años si queremos sobrevivir"

Stephen Hawking ha lanzado una seria advertencia: la Humanidad debería estar pensando muy en serio un plan de escape para huir de los problemas que se nos vienen encima.
El físico teórico, considerado como una de las voces más importantes de la ciencia, advierte que el futuro de los seres humanos está en el espacio, y que debemos pensar en colonizar otro planeta si queremos sobrevivir.
Para él, el gran enemigo que nos expulsará del planeta no solo es el Cambio Climático, sino la inteligencia artificial (IA), a la que define como “la mejor o la peor cosa que alguna vez le habría pasado a la Humanidad”.
Sobre lo positivo de esta creación que está revolucionando el mundo, el físico asegura que puede ayudarnos a hacer frente a enfermedades y a la pobreza, como también puede servirnos para deshacer algunos daños causados a la naturaleza por la industrialización.
Pero advierte que nos debe preocupar “que las compañías con fuertes IA y grandes volúmenes de información, implementen sus habilidades y recursos de una manera malvada. Así como, qué tipo de educación podremos ofrecer cuando la IA desplace al humano en una gran cantidad de trabajos que realiza el hombre en la actualidad”.
Para el científico inglés, la inteligencia artificial podría provocar nuestra desaparición si las máquinas se levantarán y nos alcanzaran en la carrera evolutiva. Así lo asegura en la serie de documentales ‘Expedición Tierra Nueva’, que la cadena de televisión BBC va a empezar a emitir, según informa The Sun.
Stephen Hawking ya expresó estos miedos en la tercera edición del ‘Festival Starmus’ que se celebró en Tenerife el pasado mes de septiembre, y que contó con su presencia. En aquel encuentro aseguró que “no podremos sobrevivir sin abandonar nuestro frágil planeta” y señaló que el Cambio Climático era el gran enemigo de la Humanidad.

SIETE RAZONES POR LAS QUE HOY EXISTE MÁS RIESGO QUE NUNCA DE QUE OCURRA UNA PANDEMIA GLOBAL

3 de abril de 2017 – Fuente: Cable News Network (Estados Unidos)

Solo es necesario un beso, una tos, un contacto o incluso un mordisco para cambiar nuestra vida y la de quienes nos rodean, por meses y hasta por años. En la mayoría de los casos, entre más cercanas sean a ti las personas, más grande el riesgo. Pero no siempre es tan simple. Expertos en salud pública creen que estamos en el momento de mayor riesgo de la historia de experimentar brotes infecciosos a gran escala y pandemias globales como las que hemos visto antes: síndrome respiratorio agudo grave (SARS), influenza A(H1N1), enfermedad por el virus del Ébola (EVE) y fiebre zika. Más de 28.000 personas se infectaron entre 2014 y 2016 durante la epidemia de EVE, dejando unos 11.000 muertos. Y el 10 de marzo pasado, 84 países habían reportado la transmisión del virus Zika, una enfermedad que fue descubierta en la década de 1940 pero que tuvo su primer brote en 2007 en Micronesia y solo comenzó a expandirse más recientemente, a fines de 2015. La llegada de la infección siempre es inesperada y su magnitud no tiene precedentes, lo que deja al mundo más vulnerable. Los expertos creen, de manera unánime, que lo más probable es que la próxima pandemia sea una sorpresa, para la cual tenemos que estar preparados. “Las enfermedades infecciosas no respetan fronteras”, dice Jimmy Whitworth, profesor de salud pública internacional de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres. “La Organización Mundial de la Salud (OMS) alerta de cientos de pequeños brotes cada mes. Hay pequeños brotes ocurriendo todo el tiempo, en todo el mundo”, destaca el experto, que investiga y usa para predecir las probabilidades de que ocurra un brote mayor. Sin embargo, cree que la forma en que vivimos actualmente aumenta el riesgo. “Muchos aspectos de la vida moderna nos ponen en un mayor riesgo. Estamos más listos hoy que antes”, dice, destacando el Reglamento Sanitario Internacional, la Red Mundial de Alerta y Respuesta a Brotes (GOARN) de la OMS y los equipos nacionales de respuesta rápida de países como Estados Unidos, Gran Bretaña y China, listos para enfrentar emergencias. Pero los desafíos siguen creciendo. Aquí están las siete razones para que así sea.
1. Más gente y más urbanización
Los hechos alrededor de la vida urbana son simples: vives, comes, trabajas y te desplazas más cerca de la gente que en cualquier asentamiento rural, y eso conlleva un serio riesgo de que una infección se expanda a través del aire, de los mosquitos o del agua no potable. A medida que crecen las poblaciones también aumentan las viviendas. La Organización de Naciones Unidas predice que 66% del total de la población mundial vivirá en áreas urbanas en 2050. Más personas en las ciudades “ponen más presión en el saneamiento”, dice David Heymann, cabeza del Centro para la Seguridad Sanitaria Global del centro de pensamiento Chatham House. Más allá de la cercanía de la gente, “esta es una segunda fuente de infecciones”, dice, y una tercera es el aumento en la demanda de comida, lo que hace que los agricultores cultiven más, con más animales, y genera que probablemente vivan cada vez más cerca de esos animales. Los animales son reservorios de muchas enfermedades, incluyendo la tuberculosis, la tripanosomosis africana y la influenza aviar. Dado que la gente se mueve cada vez más frecuentemente desde y entre las zonas rurales hacia las urbanas, hay cada vez más probabilidad de infección y si vivimos en barrios cada vez más pegados los unos a los otros, el potencial de expansión de la enfermedad es enorme.
2. Invasión de nuevos ambientes
A medida que crece el número de personas, también crece la cantidad de tierra necesaria para su vivienda. Las poblaciones se expanden cada vez más a territorios antes inhabitados, como bosques y selvas. Y con la llegada a estos nuevos territorios vienen el contacto con nuevos animales e, inevitablemente, nuevas infecciones. Por ejemplo, “la fiebre de Lassa ocurre porque la gente vive en el bosque y lo destruye para labores de agricultura”, dice Heymann. La fiebre hemorrágica de Lassa es una enfermedad viral que se expande mediante el contacto con heces de roedores infectados. También se transmite entre humanos, aunque es menos común. Los brotes suelen ocurrir en África Occidental, con altos niveles en Nigeria, por ejemplo, desde 2016. Heymann explica que la fiebre de Lassa es un ejemplo de gente que vive cerca de bosques donde residen roedores infectados, pero con la destrucción de esos bosques para la agricultura, los animales se quedan sin lugar a dónde ir y por eso terminan en las casas de los humanos.
3. Cambio climático
Cada vez hay más evidencia de que el cambio climático está produciendo olas de calor e inundaciones, el caldo de cultivo ideal para enfermedades que se transmiten por el agua, como el cólera, y vectores de enfermedades, como los mosquitos en nuevas regiones. Entre 2030 y 2050, el cambio climático causará cerca de 250.000 muertes adicionales anuales por estrés por calor, malnutrición y expansión de enfermedades infecciosas como la malaria, según la OMS. Con portadores de enfermedades, como los mosquitos, viviendo cada vez más en territorios nuevos que no están protegidos, el riesgo de un brote es muy alto. Whitworth cita la última epidemia de fiebre amarilla en Angola, durante la cual los trabajadores chinos que volvían a su país podían causar un brote de la enfermedad transmitida por los mosquitos locales.
4. Viajes globales
“Somos vulnerables porque cada vez viajamos más”, dice Whitworth. Los viajes turísticos internacionales alcanzaron un récord de casi 1.200 millones en 2015, según la Organización Mundial del Turismo. Ese fue el sexto año de crecimiento consecutivo de esa cifra. Y cuando grandes cantidades de personas se desplazan de un lugar a otro, al mismo tiempo, las opciones de que haya una pandemia se multiplican. “Muchas veces, los agentes infecciosos viajan en los humanos en su periodo de incubación”, dice Heymann. Ese periodo es el que transcurre entre la infección y la aparición de los síntomas, lo que significa que la gente puede transmitir una infección incluso sin sentirse enferma. Se cree que así fue como se desarrolló la pandemia de SARS de 2003, cuando un hombre que desarrolló los síntomas viajó de Huang Xingchu, en China, a visitar a su familia en Hong Kong. Infectó a personas en su hotel y a su familia. Fue hospitalizado y murió, lo que también le ocurrió a uno de sus parientes. En menos de cuatro meses se registraron cerca de 4.000 casos y 550 muertes por SARS en Hong Kong, y más de 8.000 personas resultaron infectadas en cerca de 30 países. Pero Heymann destaca que “no solo los humanos” expanden enfermedades al viajar. También los insectos, la comida y los animales que se mueven entre países.
5. Conflictos civiles
Si un país está a punto de entrar en una guerra civil, la capacidad de manejar un brote intenso y repentino puede poner de rodillas al pueblo y hacer que la infección florezca. “Los brotes pueden paralizar por completo a un país”, dice Whitworth, citando la epidemia de EVE de 2014, en la que Sierra Leona, Guinea y Liberia “estuvieron muy cerca del colapso”. En el caso de los tres países, conflictos civiles habían deteriorado previamente sus economías y sistemas de salud, incluidas las infraestructuras hospitalarias. Eso, sumado al movimiento humano entre los tres países y con otras naciones, permitió que la EVE se expandiera fácilmente. 13 “Si una infección se queda en lo local, se quema ahí. La gente aprende qué hacer”, dice Heymann.
6. Menos médicos y enfermeros en regiones con brotes
Más allá de la debilidad de los sistemas de salud, los países donde con mayor frecuencia ocurren los brotes suelen tener menos médicos y enfermeros para tratar a la población. La mayoría se han ido buscando mejores oportunidades en otras naciones. “Tenemos que enfrentar esto, es una realidad. Es difícil manejar la migración de los trabajadores de la salud”, dice Heymann, y agrega que incluso algunos países motivan a sus médicos jóvenes para que viajen a otras regiones.
7. Información más rápida
En la era de la información, nuevos niveles de comunicación traen nuevos niveles de miedo y multiplican las formas de expandir ese temor, aseguran los expertos. Aunque la mayoría de los brotes pequeños suelen quedarse sin ser conocidos por las poblaciones lejanas a su epicentro, las personas hoy están cada vez más informadas que nunca y requieren información transparente y completa para actuar rápido. Google ha utilizado las búsquedas sobre síntomas en su página para identificar cuándo puede ocurrir un brote, como en el caso de la influenza. “El mundo necesita una autoridad”, dice Heymann, quien cree que la OMS juega ese papel pero necesita ser más rápida y más transparente en la información que transmite. La organización fue muy criticada, de hecho, por haber respondido lentamente y sin la suficiente preparación al brote de EVE de 2014. “Pero las redes sociales se han vuelto muy activas... y eso es muy difícil de controlar. El hecho de que muchas personas publiquen y compartan información pueden cambiar el mensaje y lo que la gente lee y cree”, asegura Heymann.

RESISTENCIA A LOS ANTIBIÓTICOS EN LA TUBERCULOSIS


La bacteria de la tuberculosis ha desarrollado resistencia a los antibióticos que se usan contra ella, lo que hace cada vez más difícil luchar contra esta enfermedad. Esta variante se conoce como tuberculosis multirresistente (TB-MDR) y su incidencia en Europa es de 4,1%, con grandes diferencias por países. Estonia y Lituania rondan 20%, mientras en Irlanda es de 0,5%. Los países que más sufren el problema de la tuberculosis multirresistente son los que están en vías de desarrollo. El acceso a los antibióticos que se usan contra esta variante de la enfermedad es aún más escaso que con el tratamiento de la tuberculosis común, que apenas reciben seis de cada diez personas que lo necesitan.